El niño de la playa eres tú, soy yo

Foto: REUTERS/Nilufer Demir

Foto: REUTERS/Nilufer Demir

Desde pequeños adquirimos como imagen icónica, como la única realidad que demostraba que existía un primer y un tercer mundo, la de los niños negritos del África con su desnudez, sus moscas y sus tripas hinchadas. En las portadas de los libros, en carteles, en pegatinas, en las huchas del Domund. Siempre con un mismo objetivo: Que los niños afortunados del primer mundo no nos olvidásemos de que había un tercer mundo con niños de nuestra misma edad que no habían tenido la misma suerte, sólo por nacer allí. Era una desgracia que sobrevenía por el simple hecho de nacer en el sitio que, según nos contaban, era el equivocado. Y sabiendo desde pequeños que, a cientos de miles de kilómetros de nosotros, había negritos que lo pasaban mal, nosotros ya podíamos ser felices con lo que la suerte del nacimiento nos había otorgado. Eran tan diferentes a nosotros, tan negritos, con sus moscas y sus tripas hinchadas, qué poco tenían que ver con nosotros, qué rápido se nos pasaba la compasión del pobre niño negrito del póster, con qué facilidad asimilamos tan lejana esa desgracia que no nos iba a tocar nunca. Al fin y al cabo era cuestión de suerte, nosotros la teníamos y ellos no, qué más podíamos hacer además de donativos. Poco más. Y tan felices.

Pero hoy, una nueva imagen de Nilufer Demir que será icónica, que deberá retumbar en nuestras conciencias de por vida, nos ha dado un vuelco de realidad. Porque ha ocurrido lo único que nunca en nuestro mundo podíamos permitir que pasara. Ni desnudos, ni con sus moscas, ni con sus tripas hinchadas. Nutrido, con su camisetita roja confeccionada en el primer mundo, sus pantalones vaqueros, sus zapatitos con los que dar sus primeros pasos. En una playa cotizada por los turistas de todo el mundo, en un lugar donde seguro hay cerca una franquicia de comida rápida o un Zara. Un niño que tuvo una casa, una familia trabajadora, un futuro, con ilusiones y esperanzas. Que nació en el sitio ‘correcto’, en un trocito del primer mundo. No es verdad lo que nos contaron desde pequeños, en nuestro mundo también hay niños que sufren las peores de las desgracias.

Foto: REUTERS/Nilufer Demir

Foto: REUTERS/Nilufer Demir

El niño sirio varado, como si fuera una ballena, en la orilla de la costa turca, perdiendo la vida. Intentando escapar del horror, buscando un futuro. Mejor dicho, siguiendo a sus padres en el camino de encontrar un mundo mejor para él, porque para él seguro que no era más que un juego incomprensible. Su camisetita, sus zapatitos, sus pantalones vaqueros. Ese niño sirio eres tú, soy yo. Se llamaba Aylan Al-Kurdi, tenía tres años, y su hermano Ghalib también falleció en el naufragio. 

Foto: Qattouby/Twitter

Foto: Qattouby/Twitter

Quién no tiene una fotografía igual o parecida, pero llena de vida, de su niñez con uno o dos años de edad jugando en la orilla. Quizá sería la primera vez que jugábamos en la playa y nos fotografiaban llenos de curiosidad. Seguramente, entonces, también caímos al suelo, resbalaríamos, acabaríamos con la cara en la arena. Seguro que tú también tienes una fotografía o un recuerdo igual. Ese niño sirio soy yo, eres tú, somos todos nosotros, los que hasta ahora vivíamos no sé si felices, pero desde luego con la indiferencia de creer que los iguales a nosotros que sufren desgracias son negritos, con moscas y tripas hinchadas. Y no, esa no era la única de las desgracias posibles al otro lado del mundo, las degracias también estaban en esta parte del mundo. Morir cuando hace sólo un rato que has nacido, en un naufragio mientras intentas escapar del horror para poder alcanzar un lugar en el que ser feliz, o al menos intentarlo.  Le pasa a un niño sirio con su camisetita roja, sus zapatitos de primeros pasos y sus pantalones vaqueros. Nos ha pasado a ti y a mi. A nosotros, a los que manipulamos este mundo a nuestro antojo.

Ya está bien ¿En qué nos estamos equivocando? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Cómo hemos llegado a esto? El niño de la playa nos lo ha demostrado. Cambiemos nuestros prejuicios, nuestras exigencias, nuestros principios, todos. Porque no puede haber otro niño de la playa.

 

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